Atalanta.
A esa hora no había casi nadie allá arriba. Los ciclistas empezaban apenas a agruparse y los pocos senderistas aprovechaban el calor de alguna cabaña para cubrirse del viento. Enfilé solitario por el camino principal sin saber que el regreso a la montaña sería mítico.
Noté pronto que las pulsaciones estaban más arriba de lo normal y no estaba seguro si era por estar lejos de mi mejor forma o porque aquella mañana era una de esas en que la montaña, de tan mecida por el viento, asusta. De aquellas mañanas en que los árboles parecen tener ojos y observarte mientras corres entre ellos. En que parece que estás solo y, sin embargo, no lo estás.
Antes de perderme por senderos más estrechos, el silencio imperante fue interrumpido por un extraño sonido parecido al crujir seco de un enorme tronco, pero con cierta semejanza también a un rugido. Subí la pendiente y no encontré león alguno esperando. Noté, en cambio, unos pasos que me seguían cada vez más cerca. Eran los pasos de una mujer ataviada con ropas blancas de marca desconocida; algo así como una túnica, por la que asomaron unas pantorrillas anchas cuando me rebasó sonriente.
"Buen día', dije. “Γεια σου", contestó ella, quien al ver mi cara de desconcierto hizo un gesto de saludo con la mano. Era delicada en su andar y el movimiento de sus brazos se sincronizaba armoniosamente con cada zancada. Costaba aguantar el ritmo que imponía y más aún se dificultaba mantener la conversación, por lo que me dediqué, sobre todo, a escuchar.
Me dijo que era una heroína griega, que su padre la había abandonado al nacer pues este sólo deseaba hijos varones, que había sido amamantada por una osa de la que aprendió a moverse con velocidad y que su protectora era Artemisa , una Diosa con talento para la caza y para ayudar a las mujeres en las labores de parto, pese a que ella ,y otras ninfas, habían decidido preservar su castidad.
Supe que, gracias a sus talentos para la caza y a sus dotes de corredora, Artemisa la había enviado como la única mujer a bordo del Argo que emprendió una aventura para recuperar el Vellocino dorado, pero que cuando lo consiguieron y regresaron a casa, fueron los demás argonautas los que la negaron y menospreciaron por los celos que les producía haber sido superados en batalla y en velocidad por una mujer.
Ese día había decidido correr sin audífonos y estar atento a lo que ocurría a mi alrededor. Creo que fue por eso que Atalanta me escogió para hacer su entrenamiento conmigo. Tenía algo qué mostrarme y encaramos una cuesta pesada en la que yo no pude mantener el ritmo. Cuando por fin llegué al mirador, el cielo era azul y el aire parecía limpio. Y ahí, donde debía estar mi ciudad, en realidad estaba Arcadia. Y en vez de los volcanes dormidos de nuestra mitología, estaba el monte Partenio.
Me cobijé en el abrazo de la vida simple, de la vida salvaje y humilde. Sentí mucha paz.
"En mis tiempos , sólo perdí una carrera y fue con un hombre que me hizo trampa, aunque es un tipo maravilloso llamado Hipómenes que siempre está a mi lado. Fuera de eso los vencí a todos, y hubiera vencido a cualquier otro hombre". Aseguró que Kipchogue le parecía bastante lento y que a nivel de corredores populares piensa que nos hacen falta referentes como ella para correr con sencillez y respeto. Dijo que ya está un poco harta de que se use el nombre de Niké para sexualizar el cuerpo de las mujeres corredoras, de que el máximo referente fílmico sea Forrest Gump, que Murakami le aburre cuando habla de correr y que ninguna playlist le ha erizado la piel como la música de su amigo Orfeo. No me creyó cuando le dije que ahora pagamos por correr.
Tomé un gel. No sabía cuánto tiempo llevábamos corriendo y no sentí curiosidad por ver mi reloj. Sentí, eso sí, curiosidad por saber sobre la única derrota que había sufrido frente a Hipómenes, así que bebí un poco de agua mientras ella tiraba una lanza y le pedí que me hablara de ello.
Se había pactado que aquel que lograse vencerla en una carrera podría casarse con ella y heredar el reino de su padre, quien arrepentido por haberla abandonado en la infancia y ya sabiendo que era una mujer excepcional, quiso recuperarla para gozar de su fama; pero Atalanta venció a todos sus oponentes y con ello los condenó a la muerte. Era un todo o nada.
Hipómenes, hombre bienintencionado, quiso poner fin a aquella masacre y retó a Atalanta a una carrera en un circuito de campo a través. El premio sería el amor de Atalanta y el perdón de los vencidos que aún seguían con vida , pero sabiendo que no había forma de competir, imploró ayuda a la diosa del amor, Afrodita, que además resultó ser enemiga de Artemisa, para que le ayudara en la prueba. Afrodita le dio tres manzanas de oro de un brillo indescriptible y le recomendó que las dejara caer en puntos cruciales de la carrera para que Atalanta se distrajera por su belleza y las recogiera .
Sólo así él logró la victoria, salvó la vida de los otros contendientes, pero al mismo tiempo la condenó al castigo que Artemisa le había anunciado desde pequeña: si se entregaba a un hombre, se perdería a ella misma. Yo le confesé que su compañía me había hecho mucho bien, pues además de hacer más ligero mi entreno, había sido muy ilustrativo y por un momento había dejado atrás la pena de no correr junto a mi propia heroína.
Apretó el paso de tal manera que levantó una polvareda. Mientras quedé ridículamente atrás, escuché que me gritaba: "El oráculo me advirtió de que me perdería a mi misma, pero ha pasado lo contrario. Soy más yo misma de lo que nunca he sido. Soy salvaje y soy libre. Soy Atalanta", y aunque quise saber por donde había ido, sólo encontré más adelante las huellas de un león que no me atreví a seguir.
Cerré las páginas de mi entrenamiento en el reloj y leí el último párrafo del agua en el bidón. Salí del Olimpo y volví al coche. El estacionamiento estaba lleno y había gente por todos lados. Tuve la certeza de que aunque la soberbia del hombre siga ignorando la grandeza de Atalanta, bien valía la pena contar su historia.

