Caer
Pasé algunos días en un descanso forzado luego de una caída fuerte y torpe en el monte que, al final, parece sólo haber pausado el tiempo, haciendo del mes más corto del año, el más largo; al menos, eso mostraron las cinco placas que tuve que hacerme y que no exhibían fracturas ni en rodillas, ni en costillas, ni daño en la columna ni la cadera.
Caer es abrazar el estruendo para finalmente encontrar su musicalidad y, de una forma mórbida, es adentrarse en la experiencia de correr a más de tres mil metros de altura. Es terminar con dolor y raspones un viaje que debería terminar con fatiga y pan francés de recuperación. Es, también, reconocernos a nosotros mismos en un laberinto y beber del polvo seco de un desierto anímico. Es atravesar el campo minado de Sirat para encontrar auxilio en gente que anda de fiesta por la ruta.
He estado aquí antes. Conozco el aturdimiento que viene en las primeras milésimas de segundo, cuando no se sabe qué ha pasado. Sé del impulso de levantarse y de la urgencia de revisar si algo duele, sangra o no se puede mover. Sé que hay que aprovechar la adrenalina y el calor del cuerpo para buscar ayuda o volver a la base antes de que aparezca un dolor que lo imposibilite. Sé que hay que parar unas semanas y dejar que el cuerpo se desinflame, ir al traumatólogo, rehabilitar, volver a tomar impulso y, eventualmente, sanar.
En mi vida las caídas han estado siempre ahí. Desde la que sufrí de un primer piso en el Festival de Cine de Morelia y que casi me hace terminar sobre los hombros de Quentin Tarantino; aquella que fue resultado de la combinación de lluvia y unos tenis sin agarre en el Ajusco, donde pensé que me había roto alguna costilla; la que sufrí en Zacatlán por una distracción y de la que conservo, hasta la fecha, mis bastones dañados por el golpe. También está la caída a la hora de tomar el taxi de camino al aeropuerto de Guadalajara en la Feria del Libro, o la caída a unos cientos de metros de meta en Transgrancanaria de 2023.
Ninguna de estas caídas ha sido tan absurda como la del sistema de Emoción Deportiva para las inscripciones de la media maratón de mi ciudad. Porque claro, pasé todo un día de este inmundo periodo, entre descansando y atento a la computadora, esperando a que su website se actualizara. Que una puerta se abriera. A diferencia de mi caída, en la que yo reconozco un error, Emoción Deportiva no tuvo el valor de reconocer que su sistema es obsoleto, y la organización de este evento no ha tenido el valor de buscar nuevos aliados. Pasé otro rato del día leyendo estupideces de personas que dicen ser “verdaderos corredores”, pero que son traicionados por su propia falta de razonamiento, culpan a quienes sí consiguieron inscripción. De la poca inteligencia de los corredores en su conjunto, y del mal trato que se hace al consumidor quizá escriba en otro momento.
No sé si la vida sea un camino recto donde el paisaje va quedando atrás de forma rítmica y repetitiva o si sea más bien como correr en una pista ovalada donde a cada cuatrocientos metros hay un árbol y una banca. Aunque ese árbol y esa banca parezcan ser los mismos en cada vuelta, realmente no lo son. Tampoco yo soy el mismo. Cada vez estoy más contento, más cansado y más golpeado.
Curiosamente son los momentos en los que no se puede correr los que definen al corredor. Ahora que echo de menos salir a trotar, encuentro la razón por la que me gusta esta actividad y me aferro al hábito de salir y mantenerme en movimiento, como aguardando el regreso a la rutina completa.
Así como la caída fue absurda, lo es aún más saber que la carrera que estaba preparando no se realizará. La mañana del domingo 22 de febrero, el narcotraficante más peligroso de México cayó y, con él, el país cayó también por algunas horas. Hombres con armas largas, camiones incendiados, fuga de reos en una cárcel de la zona y el miedo disfrazado de noticiero televisivo intimidaron a la gente. Todo ello ocurrió justo en el estado y en la ciudad donde la competencia se desarrollaría. En esas mismas montañas por dónde helicópteros y humo se mezclaban en días anteriores.... De haberlo sabido, ni me hubiera caído.
Más la caída es parte del movimiento y, en tanto que aún no estoy donde quiero estar, creo que me seguiré cayendo.

