Pódium
Subir al pódium alguna vez es un premio que, acaso como el amor, aparece cuando no se busca, pero que , acaso como el éxito profesional, requiere constancia, preparación y disciplina. Obliga a afrontar el compromiso con entereza por pequeño que sea, a levantarse temprano, a ser prolijo. Puntual. Y demanda que una serie de factores se alineen en la dirección correcta, tanto aquellos que dependen de ti, como aquellos que no.
Por eso, no existe certeza de cuándo se obtendrá la victoria y, por ello, ese no puede ser un objetivo válido que motive la rutina diaria de entrenamiento. Correr sirve para vivir, para mantener la calma, para promover el goce. La competencia, e incluso el triunfo, estresan. Deben limitarse y entenderse como una consecuencia lógica del esfuerzo prolongado y de un mero día de suerte.
La primera vez, claro, no se olvida y tampoco se puede creer. Recuerdo, por ejemplo, haber consultado varias veces la lista de ganadores en un trail en Villa del Carbón y aún así temer que -a la hora de ser convocado al podio- el presentador llamara a un corredor invisible que justo había cruzado la meta antes que yo. Cuando en las bocinas sonó mi nombre, la gente que estaba por ahí me aplaudió, mientras subía unas escaleras para que me entregaran un trofeo. Eso es lo adictivo de estar arriba: el reconocimiento extrínseco de estar entre “los tres mejores y más rápidos”.
He vencido en varias carreras, algunas pequeñas y otras con un poco de mayor importancia. He ganado aún sin quererlo y también he ganado en ocasiones en las que yo mismo me he sorprendido del ritmo, pero no he aprendido casi nada en esos momentos más que a intentar mantener la humildad y tener la certeza de que a nadie le alegra ese resultado tanto como a mí y a alguna que otra persona más.
Sin embargo, también he participado en carreras en las que he corrido más rápido que nunca, en que todo me ha salido bien, pero que simplemente no me ha alcanzado. O bien porque ese día era la primera carrera de un joven que me rebasó unos metros antes de meta, o porque a la carrera se habían inscrito el doble de participantes y un buen porcentaje eran de la élite. He corrido en carreras en que un puesto discreto me ha sabido y enseñado más que cualquier resultado más protagónico.
Con la proliferación de participantes y la búsqueda de que la competencia sea más equitativa, algunas carreras plantean una división totalmente arbitraria por lugar de origen, de residencia, franja etaria, género y capacidades físicas. La mayoría de las veces en que he hecho podium ha sido en esta modalidad y más como un premio al hecho de que "para tener más de 40 años, no estoy tan amolado".
En lo que va del año, la única competencia que he podido acoplar a mis actividades laborales fue hace algunas semanas en Panamá. Un 5k auspiciado por una marca de malteadas nutricionales y otras cosas raras. Una carrera, aún así demandante, si se considera que me encontraba en ese país trabajando y que la carrera ocurrió a las 6:30 de la mañana con una sensación térmica de 30 grados y que la humedad superaba el 80%
Quizá, por alcanzar otros desafíos y correr en otros lugares, sólo recuerde que en Panamá hice pódium y gané por vez primera algún dinero por correr. Quizá eso me haga pensar que vencí, pues probablemente olvide que el deporte es absoluto y que, en realidad, antes de mi llegaron 19 corredores más rápidos.
Puede que apenas me quede la ilusión de haber sido el mejor y me confunda al pensar que corría por dinero o para que otros me alabaran. Puede que ni recuerde que mi verdadera victoria de ese día fue correr por las calles del casco antiguo de Panamá, apenas terminada la competencia, para enviar desde mi computadora un archivo urgente. O que pasé todo el día entre teatros y transportes desmontando mi equipo del Festival de Cine para empacarlo y que se lo llevaran a la aduana para regresarlo a México y volver a comenzar.

